jueves, 23 de julio de 2009

Laboratorio Nº30: El Sombrero de Indiana Jones (Mayo 2008)

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EL SOMBRERO DE INDIANA JONES

Buena y Serena Noche Yolanda y demás flatliners e insomnes solitarios desde éste su laboratorio:
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Paseaba el otro día por Londres, y más concretamente por la zona de Piccadilly cuando, al pasar por delante del 13 de Old Burlington Street, me asaltaron nostálgicos recuerdos, entre ellos el de Indiana Jones…

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Recordé que el –digamos- “homo antecesor” de Indiana Jones había que buscarlo en una película de 1954 titulada “EL SECRETO DE LOS INCAS”, protagonizada por el recientemente fallecido Charlton Heston, especie de aventurero muy curtido y quemado, proclive a las frases lapidarias, estilo Philip Marlowe. Al hombre solamente le faltaba apellidarse también Jones –en lugar de Steele- y calzarse un látigo al hombro –porque el sombrero ya lo lucía-. Bueno, pero volvamos al tema…
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Ahora les cuento por qué se me vino a la cabeza –nunca mejor dicho- Indiana Jones estando en aquella dirección londinense: hasta hace unos años allí había una tienda llamada “Herbert Johnson”, que luego se unió a la firma “Swaine Adeney Brig”, mudándose al 53 de St. James’s Street.
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En esta tienda, famosa entre los ejecutivos y gentleman británicos, se fabricaban sombreros de todos los tipos a medida. Pues bien, una tarde de hace unos 28 años, Harrison ford y Steven spielberg entraron allí preguntando por algún tipo de sombrero que pudiese portar el protagonista de una nueva película de aventuras que iban a rodar próximamente.

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El dependiente les pidió que intentaran definir la época en la que se desarrollaría la historia o al menos describir algo al personaje. Pero viendo que sus clientes no traían una idea muy clara de lo que realmente querían, les aconsejó que probasen un modelo clásico, que fabricaba la casa desde 1890 y del que había buen stock: un sombrero de fieltro, de copa alta, modelo “The Poet”, que hizo las delicias de Ford y Spielberg en cuanto lo vieron.
Eligieron un color marrón “Sable”, perfecto para poder usarlo en cualquier situación y terreno, pero pidieron a la casa algunos retoques, de modo que adquiriese un aire más personal: por ejemplo, que se curvase sobre la nuca y la frente –como protección adicional-, además de reducir ligeramente las alas en sus laterales para no interferir con los ángulos de cámara. La cinta debería ser algo más ancha para que la copa pareciese más alta y el borde se bajó y hundió para darle un poco más de aspecto “safari”.

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El sombrero pasó al taller directamente, mientras Ford y Spielberg esperaban pacientemente para ver el resultado. Y cuando finalmente reapareció, la opinión fue unánime: era perfecto y serviría para pruebas de cámara, de modo que la tienda hizo ficha y prototipo de los cambios realizados para poder fabricar todos los que necesitarían durante el rodaje. De hecho se llegaron a encargar hasta 45 unidades, tanto para el protagonista como para los dobles, cada uno de ellos hecho a la medida de quien fuese a utilizarlos.
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Como anécdota decir que a día de hoy, la firma Swaine presume de continuar fabricando el modelo adaptado con el mismo mimo y cuidado que el primer y legendario prototipo. Esta misma firma es la que fabrica todos los complementos que luce James Bond desde su primera aventura, paraguas personalizados y maletines a la medida del maletero del Aston Martin incluidos.
Resumiendo: ni el sombrero de Indy es estricta y realmente un Fedora, ni está hecho en Estados Unidos. A ver si sabemos de lo que hablamos…

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Y por cierto, preparen algo más de 200 libras si quieren poseer una copia exacta del de el héroe.
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Buena y Serena Noche Yolanda y demás insomnes…
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lunes, 20 de julio de 2009

Laboratorio Nº78 "No se parecen en nada..." (Julio 2009)

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La Leyenda de la Ciudad Sin Nombre
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Buena y Serena Noche Arturo y demás flatliners e insomnes solitarios desde éste su laboratorio:
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Esta noche vamos a hablar de una película que fracasó en taquilla en su estreno, pero que, con el tiempo, el público fue convirtiendo en objeto de culto hasta convertirla en un clásico del musical. Me refiero a “LA LEYENDA DE LA CIUDAD SIN NOMBRE”, o haciendo valer su título original “PINTA TU CARRETA”.
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El problema es que se rodó en un momento en que los musicales estaban viviendo sus últimos coletazos de moda, circunstancia esta que obligó a los estudios a recortar extraordinariamente el presupuesto. No hay más que decir que el formato original iba a haber sido el de CINERAMA, idea desechada tras la muerte del primer propietario de los derechos cinematográficos: Louis B. Mayer.
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El musical original, con letras de Alan Jay Lerner y música de Frederic Loewe, se había estrenado en escenarios 18 años antes con un relativo buen resultado, pero sufrió varios cambios al ser adaptado a la gran pantalla.
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De hecho la ciudad sí que tenía nombre: se llamaba Runsom, que era como la había bautizado –con su propio apellido- el personaje de Lee Marvin, alias Ben Runsom.
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También desapareció el personaje de su hija adolescente, que era quien descubría el oro, desataba la fiebre, y se enamoraba del otro protagonista. Así mismo desaparecieron la mitad de las canciones.
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El personaje de Clint Eastwood se llamaba Julio Valveras y era mejicano, lo cual suscitaba problemas interraciales en el libreto original. Esto también se modificó, se le hizo norteamericano y se le bautizó simplemente como “socio”. Después a los dos protagonistas les enamoraron de la misma mujer –cosa que no sucedía en el original, donde Ben Runsom lo hacía de una esposa mormona que le vendían, mientras Julio lo hacía de la hija de éste-. Vamos, que no se parece nada el original a la película.
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De Lee Marvin y Clint Eastwood no vamos a contarles nada que no sepan a estas alturas, salvo que tuvieron que envejecer lo más posible al personaje de Marvin, pues el actor solamente le sacaba 6 años de diferencia a Eastwood –que debía parecer mucho más joven-.
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Pero su compañera de reparto, Jean Seberg, nacida en Estados Unidos, era una actriz fría e inexpresiva como un témpano de hielo que forjó su irregular carrera en Europa, y que no hizo nada de verdadero renombre -quizá tan solo “AL FINAL DE LA ESCAPADA”, de Jean Luc Goddard-. Kim Novak y Natalie Wood, entre otras, fueron candidatas para haberse quedado con su papel.
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Las voces de Lee Marvin y Clint Eastwood son las suyas de verdad, mientras que a Jean Seberg, le dobló las canciones Anita Gordon, que ya había cantado en otras ocasiones sin que su nombre apareciese siquiera en los créditos.
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Y Joshua Logan, que ya había catado el género al haber filmado “SOUTH PACIFIC” y “CAMELOT” anteriormente, fue el encargado de dirigir todo el tinglado.
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Como anécdotas decir:

· Que el single con la canción “Wanderin’ Star”, que acabó siendo disco de oro, fue número 1 en Gran Bretaña durante 3 semanas, manteniendo relegada en el segundo puesto a la famosísima “Let It Be” de Los Beatles.
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· Que se trata del primer musical en que no se contrató a coreógrafo alguno.

· Que la gran mayoría de los extras que aparecen en pantalla no eran sino hippies que vivían en los alrededores de la zona de rodaje, en Oregón…

· Que en la película vemos como manejan cartuchos de dinamita en el año 1850, si bien Alfred Nobel no la patentó hasta 1867, casi 20 años después.

· Que descubrimos cómo algún personaje emplea lámpara de carburo en los túneles, cuando ese método de alumbrado no se desarrolló hasta más de 40 años después.

· Que Lee Marvin, cuyo papel estaba pensado en principio para Gary Cooper, iba a haber rodado “GRUPO SALVAJE”, hasta que la Paramount le ofreció un millón de dólares extra y porcentaje en taquilla por venirse a rodar la que nos ocupa.

· Y también que Lee Marvin se hizo famoso en este rodaje por acudir borracho todos los días…

Resumiendo: un musical que se ha revalorizado desde su estreno, con algunas canciones legendarias, basado en un libreto con el que poco tiene en común. Así y todo pueden vérselo una de estas noches de calor. Lo pasarán bien.

Buena y Serena Noche Arturo y demás insomnes…
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lunes, 13 de julio de 2009

Laboratorio Nº29: "Nos quedamos con El Padrino, francamente... (Mayo 2008)

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"YOUTH WITHOUT YOUTH"
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Buena y Serena Noche Yolanda y demás flatliners e insomnes solitarios desde éste su laboratorio:
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Walpurgo me estaba enseñando nuevas técnicas de lanzamiento de petanca cuando, aprovechando un descanso he recordado una memez incalificable: “JUVENTUD SIN JUVENTUD”, último trabajo –y ya cuesta llamarlo así- del otrora genio Francis Ford Coppola, que lo ha producido con los beneficios de sus viñedos californianos. No sabemos si también se los habrá bebido de paso.
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Este ladrillo está basado en una novela de Mircea Eliade –que podía haber continuado con sus labores en la recogida de champiñón, con un pie atado a la espalda-. Y digo ladrillo porque, además de insoportablemente esotérica, rara y más lenta que una película sueca, se va hasta las 2 horas de proyección, de un modo innecesario. Aunque parece que todavía hay que dar gracias –sobre todo al montador, Walter Murch- porque Coppola le presentó 170 horas rodadas, de las que quería obtener un montaje final de más de 3 –no habría salido vivo nadie del cine, créanme-. Eso habría sido alevosía, además de premeditación…
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Durante gran parte del tinglado no sabes de qué demonios va el tema. Después, cuando lo averiguas, ignoras si aquello es una historia de ciencia-ficción, fantástica o qué, pero el caso es que acaba por darte igual. Es un mogollón de guión, sin estructura, sin sentido y, lo que es peor, sin ningún interés. Vamos, que no aparecen Mulder y Scully de casualidad.
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No hay manera de sentir nada por ningún personaje. Se tiene la misma sensación que cuando te asomas a una ventana a ver qué tiempo hace: miras al cielo y ahí se acaba toda la emoción. ¿Que el protagonista rejuvenece por culpa de un rayo? Pues el espectador envejece por la misma razón. Eres 2 horas más viejo cuando sales, sin haber sacado más que la conclusión de que te han vuelto a engañar.
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Coppola, antaño genio –bastante denostado en su momento-, después de 10 años sin dirigir ni a su comunidad de vecinos, podía haber aprovechado la ocasión y haberse buscado trabajo de Papa Noel en unos grandes almacenes –porque hay que ver cómo está de abuelo el hombre-. Entran ganas de pedirle un tren eléctrico y un mecano. Cuando se le acercaba la gente en el preestreno, parecía que le buscasen el vaso de plástico para echarle unas monedas. Penoso.
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El protagonista, Tim Roth, es un actor que siempre parece que va a ser magistral, pero que al final te lleva a la misma conclusión: que si le pintas con rotulador unos ojos a un bote de Cola-Cao, tendrás más expresividad y alegría en pantalla. Otro que tampoco gesticularía ni aunque le diesen un ministerio.
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Bruno Ganz, que en tiempos hacía alguna cosa interesante –en plan cinestudio-, parece que se ha entregado a lo obvio, lo fácil y lo aburrido. No ha mirado el guión y se le nota que no le interesa nada de cuanto por allí se dice. Te da la sensación de que el hombre está continuamente a punto de decir que se va a su casa. Nos ha entregado su cuerpo, pero no su espíritu interpretativo. Vamos, como jugar al baloncesto con un balón pinchado. Es decepcionante.
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¿Y qué decimos de Alexandra María Lara? Pues que esta chica no movería un músculo ni para despedir a su madre marchándose a Marte. Es como un ñamo de la academia de “Fama”, mucho movimiento y nada de cerebro. Habría que averiguar quién engañó a esta pobre y le hizo creer que podía ser actriz. No da ni pena. Con su personaje crea el mismo interés que un estudio sobre amebas escrito en turco. La guinda del pastel…
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Resumiendo: película surrealista de bajísimo presupuesto –y se nota- que no engancha al espectador ni pegándole a la butaca con cinta americana. Experimento de nadie sabe qué por parte de Coppola, que aburre por lo mal contado y lo incomprensible de una historia que no va ninguna parte. Unos actores perdidos en medio del dilema entre seguir repitiendo su papel como loros o marcharse al bar de la esquina. Un espanto. Ni se les ocurra.
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Buena y Serena Noche Yolanda y demás insomnes…

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lunes, 6 de julio de 2009

Laboratorio Nº28: "Un engaño perfecto" (Abril 2008)

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"EL ULTIMO GRAN MAGO"

Buena y Serena Noche Yolanda y demás flatliners e insomnes solitarios desde éste su laboratorio:

Estaba tratando de calmar el ataque de risa que ha sufrido Walpurgo hace un rato… y es que a la criatura se le ha ocurrido leer el panfleto que nos envió la SGAE –más falso que un Ministerio de la Srta. Pepis-, donde tratan –en vano, claro- de justificar lo que hacen, además de quererte convencer de que todo es por el bien de los autores y del público. “Copia privada sí”… te cuentan por un lado, y por otro que es bueno –y por nuestro bien- pagar la multa por adelantado en todo cuanto se compre y que ellos consideren que puede servir para copiar -¿en qué quedamos?-. Vamos, que parece que estos pobres no llegan a fin de mes por culpa de los malvados consumidores y similares. Hasta quieren hacer creer a sus propios asociados que gracias a ellos los precios bajan. Sin comentarios.

Pues, como decía, estaba tratando de calmar a Walpurgo, cuando me he decidido a avisarles contra una nueva pérdida de tiempo y de paciencia: “EL ULTIMO GRAN MAGO”.


Las coproducciones nunca llegan –en general- a funcionar. Y aquí se nota que han metido dinero la escocesa Scottish Screen, la australiana Film Finance Corporation, la británica BBC y media Europa… Casi ha metido dinero hasta el lobby que paga por comprar medallas y oscars en EE.UU. Y si solo fuera eso, pues no iríamos mal. Porque lo que esto significa es que en el proceso de producción hay un enorme ramillete de gente opinando y tratando de tirar para casa –que es lo que hacen los que ponen el vil metal…-. Todo ello se nota –y mucho- a lo largo de los 97 minutos que dura el tinglado.

¿Y de qué va la historia? Pues es un invento libre sobre las andanzas de Houdini y de una supuesta estafadora que le quiere sacar los duros, como si se tratara de… bueno, lo dejamos ahí…

Catherine-Zeta Jones, claro está, es la señora que se dedica a engañar a todos, incluidos el público y ella misma. Ya no es una jovencita, por más que se empeñen su estilista, su maquillador y su cirujano plástico. Verla bailar cubierta por el velo, con sus buenos embarazos ya a cuestas y fuera de forma, es espeluznante. ¡Ese michelín que se agita, abrazado a una inexistente cintura…! Se te ponen los vellos de punta.

Guy Pearce, más conocido por su papel de policía bueno que se sale en “L.A. CONFIDENTIAL”, o por la última versión de “LA MAQUINA DEL TIEMPO”, está más de moda que los curriculum falsos. A este hombre, que tiene más películas para terminar y estrenar que un actor español, me le han roscado un pelucón rizado… logrando que se parezca tanto al auténtico Houdini como la rueda de prensa de un futbolista a una conferencia de Castelar. Es como si este hombre se hubiese caído de pequeño dentro de una marmita de botox. He tenido disecciones donde el cadáver -comparándolo con él- habría parecido que estaba haciendo Yoga.

Saoirse Ronan, o como demonios se pronuncie el nombrecito, que ya fue la repelente –y mucho- niña embustera compulsiva de “EXPIACIÓN”, repite papel –y es que le sale con toda naturalidad lo de inflarle las narices al espectador-. Ahora es la también repelente “niña candidata a la hija pluscuamperfecta del siglo”, remedo penosillo de una especie de Oliver Twist… pero light y con madre.


La directora, Gilliam Armstrong, formó parte de la prometedora “New Wave Australiana”, y hasta creó un interesante trabajo en 1984 titulado “MRS. SOFFEL”. Pero después se quedó en un nuevo bluff independiente, que incluso llegó a torturarnos con una aburrida nueva versión de “MUJERCITAS” en el 94. Y no hay nada más en su carrera que resalte lo más mínimo. A ver si levanta cabeza, porque oficio tiene.

Resumiendo: película donde uno espera 97 minutos a que pase algo –aunque sea el tiempo- para poderse acercar a la tienda de cosas que hay en el super-mega-requeteplex y echarle un vistazo a los libros en oferta. Es tan dulzona que cuando uno sale –o, mejor dicho, le echan- de la sala, tiene la sensación de haberse quedado embarazado (lo cual, con los tiempos que corren, pues tampoco va mal…)

Buena y Serena Noche Yolanda y demás insomnes…